/ En la explotación de Xabier Almandoz las cabras se curan con homeopatía y las plagas, con remedios de hierbas.
El Correo 14/12/2009

EN EL CAMPO
Pionero.
En esta cooperativa no entra la química y la caldera de su calefacción se nutre de la biomasa del bosque.

Aldaba Zahar es una explotación rural que se alza en las alturas de Tolosaldea, una comarca del interior de Guipúzcoa. Como en cualquier otra granja en ella se cría ganado (cabras en este caso), se cultivan hortalizas, se elaboran quesos e incluso se hacen panes y productos de repostería. Lo que diferencia a esta pequeña cooperativa de otras explotaciones similares es que todo lo hace con arreglo a criterios de sostenibilidad medioambiental. Si una cabra cae enferma no se le administran antibióticos sino remedios homeopáticos. Si se detecta una plaga en los tomates se recurre a preparados inspirados en viejos tratados de herboristería y no a productos químicos de síntesis.
La cabeza visible del experimento es Xabier Almandoz, un donostiarra de 52 años que se trasladó al campo hace ya un par de décadas atraído por los cantos de sirena de los movimientos que reivindicaban la vuelta a la naturaleza. «Pusimos un anuncio en la revista “Integral” y terminamos aquí», resume. Almandoz y sus cuatro socios han luchado desde entonces contra viento y marea para sacar adelante el proyecto sin desviarse de los criterios de respeto al medio ambiente que lo inspiraron.
Esos criterios no sólo están vigentes en los productos que cultivan y venden bajo el sello ecológico. Las calderas que calientan sus viviendas se alimentan de biomasa procedente de los bosques cercanos. «Es cierto que la calefacción de gasóleo que tienen todos los caseríos de los alrededores es más cómoda, pero nosotros preferimos hacer un esfuerzo y recurrir a la madera de los alrededores», confiesa. Incluso la hierba de la que se nutren las cabras se seca con aire caliente procedente de la energía que proporciona el sol. «Al principio nos tomaban el pelo porque decían que aquí nunca iba a haber sol suficiente para calentar nada, pero ahora tenemos un secadero de hierba que va de maravilla y que tiene un gasto mínimo de energía», sonríe.
En la rehabilitación de las casas -el pequeño núcleo rural estaba en ruinas cuando la cooperativa echó a andar- se utilizan también soluciones “verdes”. El aislamiento de las paredes se realiza con balas de paja y los tejados se recubren con tierra vegetal. «La paja es un aislante natural extraordinario siempre que se mantenga alejada de la humedad», explica. En cuanto a las “tejas” vegetales, se trata de un sistema cada vez más utilizado. «Se pone una lámina de caucho impermeabilizante y se echan encima entre 10 y 12 centímetros de tierra. A las pocas semanas tienes un tejado poblado de hierba con unas propiedades aislantes muy superiores a cualquier solución tradicional».
La cooperativa busca diversificar al máximo su producción. La piedra angular de su economía es de momento una planta en la que elaboran quesos con sello ecológico. Tanto los quesos como el resto de los alimentos que producen (desde pan integral hasta mermeladas o sidra) los venden en mercados de los pueblos de los alrededores sin dar la espalda a otros canales como Internet. Tienen incluso una distribuidora especializada en productos ecológicos. Almandoz no descarta incorporar a medio plazo unas habitaciones para un turismo con inquietudes “verdes” y piensa incluso en recibir visitas para que las gentes de ciudad vean cómo funciona una explotación rural.
El relevo
La cooperativa forma parte de Biolur, la asociación que agrupa a los productores de agricultura ecológica en Guipúzcoa. Aunque nadie pone en duda que los productos orgánicos representan el futuro del sector primario, hoy en día la producción es casi testimonial (en torno al 3% del total en el País Vasco). Almandoz es consciente de que la creciente sensibilidad medioambiental juega a su favor pero le gustaría que las cosas fueran más deprisa. «Suscitamos simpatía pero falta que la gente dé un paso más y vea normal pagar algo más por unos alimentos cultivados sin productos químicos y que ofrecen todas las garantías».
Aldaba Zahar (vieja aldaba) luce hoy más verde que nunca entre los rabiosos verdes de los prados que la rodean. Los socios de la cooperativa están de enhorabuena. El hijo de uno de ellos, un joven de 26 años, ha decidido regresar después de haber vivido dos años en el exterior. «Era un mecánico de camiones muy competente y se lo rifaban los talleres pero ha preferido volver aquí arriba y trabajar el campo con nosotros», dice Almandoz con gesto alegre. La cooperativa tiene el relevo asegurado.