La biodiversidad se definió en el Convenio sobre Diversidad Biológica de 1992 organizado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como la variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, incluidos los ecosistemas terrestres y marinos y otros sistemas acuáticos, y los complejos ecológicos de los que forman parte.

Así, a priori, es un concepto fácil de entender: se trata de toda la enorme variedad de formas mediante las cuales se expone y organiza la vida. Incluso se muestra como un valor cuantitativo (tangible y medible).

Por tanto, si lo aplicáramos a un ecosistema concreto, un bosque, sería tan simple como el conjunto de seres vivos que habitan ese ecosistema. ¿pero estamos capacitados para cuantificarlo? No. ¿Y para analizar sus flujos e interacciones? Tampoco. La inmensidad de seres posibles y su constante interacción y movimiento, en la práctica, lo convierten en un concepto abstracto y etéreo.

Gran parte de la población mundial, lo desconoce completamente. Suena para muchos, como algo académico y ajeno a nuestras vidas diarias. Pero incluso dentro de ese mundo académico, cuesta profundizar en toda su dimensión y magnitud.

Por una parte, tenemos la diversidad intraespecífica (Gil 2020) aquella que incluye los componentes del código genético de cada organismo y la variedad de éstos entre individuos dentro de una población y entre poblaciones de una misma especie. Valores elevados de este tipo de diversidad, permite adaptarse a todo tipo de cambios, sean climáticos, edáficos o generados en la aparición de plagas y enfermedades. Es algo muy importante.

La tasa elevada de este tipo de diversidad es típica de los árboles, porque son organismos muy longevos, generados hace más de 400 millones de años, y que consecuentemente, llevan recorrido en constante creación de nuevas variantes genéticas, un periodo de tiempo muy largo.

Dentro de los árboles, es propia de especies de estrategia reproductiva anemófila (cuyas flores son polinizadas con la ayuda del viento) y alógama (sistema de fecundación en el que los gametos que se unen proceden de individuos con genotipo diferente). Este tipo de especies arbóreas, suelen distribuirse en áreas extensas, con variaciones ambientales destacadas, y un importante flujo genético (propiciado por el largo recorrido del viento) entre sus poblaciones. Este flujo genético, dificulta el aislamiento y, en consecuencia, no hay diferenciación en nuevas especies sino intraespecíficamente. Gracias a este alto flujo, el número de interacciones entre individuos se aproxima al máximo teórico, por lo que tienen una conectividad elevada. Esta conectividad hace que sean unos sistemas más estables.

Son claros ejemplos en Europa los bosques con una alta tasa de este tipo de diversidad intraespecífica los compuestos por robles (y toda la gama de especies del género Quercus) hayas, castaños, abedules, abetos y pinos. Todos ellos muy típicos y extendidos en la comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV), como lo son también el históricamente introducidos pino radiata y abeto Douglas o más recientemente la Cryptomeria japónica o Sequoia sempervirens.

Pagadi

Sin embargo, como su estudio exige el análisis genético de un número importante de individuos, su conocimiento es (en tiempo y dinero) costoso. Por otra parte, estimar la conectividad entre individuos requiere comprender todas las interacciones entre los organismos de un sistema, por lo que vuelve a resultar un trabajo laborioso, complejo y costoso. En consecuencia, a pesar de ser un tipo de diversidad muy importante frente a la capacidad adaptativa ante el cambio global, es una variable apenas analizada y poco conocida. Por ello, el autor la denomina “la diversidad que no se ve”.

Pero los organismos que integran una población, en nuestro caso un bosque, pueden no ser de un mismo tipo. De hecho, lo más frecuente es que en la composición del bosque intervengan, en mayor o menor grado, varios tipos de árboles. Se trata del otro tipo de diversidad, la de especies. Es la que incluye los seres vivos con características comunes, aunque también alcanza a abarcar otros grupos menores (subespecies) u otros más amplios (géneros o familias).

Los datos de la organización Forest Europe avalan que hasta el 68% de la superficie forestal europea está compuesta por bosques que contienen 2 o más especies, mientras que tan solo el 32% restante contiene una única especie. Además, en los últimos 15 años, la tendencia ha sido de incrementarse en un 0,6% la superficie de estos bosques formados por mezcla de distintos tipos de árboles.

Lo que ocurre es que cuando los árboles dominantes de una masa tienen una baja intercepción de la luz (gran permeabilidad) es muy fácil que bajo su clara cubierta pueda prosperar otro gran abanico de especies herbáceas, arbustivas y arbóreas. Es el frecuente y extenso caso de las plantaciones forestales vascas con especies tan permeables como son el pino radiata y el eucalipto.

Pinadi

Esta mezcla de árboles y arbustos, tanto dentro de un mismo estrato como en estratos diferenciados, genera un aumento en la disponibilidad de sitios donde vivir. Hay troncos más y menos gruesos, posiciones más y menos iluminadas, hojas y ramas de un tipo y de otro … El incremento de esto que la ciencia biológica llama nichos (sitio específico ocupado por un organismo individual) implica el incremento en la biodiversidad.

En este sentido, aunque los datos estadísticos del Inventario Forestal Nacional pronostiquen un 80% de masas mixtas, el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (2014) lo cifra en tan solo 8%. Esto es porque si una de las especies presentes ocupa más del 70% del estrato superior, a efectos estadísticos se considera la masa como mono-específica de la misma.

Si este tipo de diversidad la reducimos a un mero conteo y comparación del número de especies, supondrá una aproximación estática, ya que daría igual valor a todas ellas. Cuando, realmente, las estrategias biológicas de las especies otorgan unas facultades competitivas mayores a ciertas de ellas, con lo que consiguen extenderse de forma dominante respecto a otras. Por lo que muestran los sorprendentes trabajos de Steege et al. (2013) hasta en la selva del Amazonas, sigue habiendo una tendencia a la dominancia de unas pocas especies sobre la gran parte de las demás (227 especies suponen más del 50% de la densidad total de las 16.000 especies totales). En contra de lo que se suele decir de la biodiversidad, este estudio sugiere que las frutas, flores, polen, hojas y biomasa de esta selva, una de las más variadas del mundo, corresponden a un número muy reducido de especies.

Por lo tanto, podemos apreciar que la diversidad específica habitual y óptima, no tiene porqué ser grande. Puede bastar con la aparición y persistencia, aun en un bajo número, de un conjunto de especies acompañantes. En nuestro caso, el de los bosques, la presencia de estas especies minoritarias, suele corresponderse a una estrategia biológica de reproducción diferente. En su caso, son los animales los que permiten la polinización cruzada entre individuos alejados y escasos. Este patrón evolutivo, promueve el aislamiento reproductivo y favorece la aparición de especies nuevas.

En este caso, la biodiversidad juega un papel que podríamos calificar como el plan B de la vida: el desarrollo masivo de la vida se concentra en las especies más competitivas, pero se mantiene un remanente de otras posibilidades para poder dar una óptima respuesta a posibles cambios o imprevistos futuros.

Un claro ejemplo lo constituimos nosotros mismos, especie homínida del grupo animal de los mamíferos. Durante la era geológica Mesozoica, la Tierra estaba dominada por los dinosaurios, quienes ocupaban mayoritariamente los nichos ecológicos disponibles para los animales. Pero al final de su última división temporal geológica, en el Cretácico (entre hace 145 y 66 millones de años) un fuerte cambio ambiental produjo su desaparición masiva. El resto de animales minoritarios que pudieron sobrevivir, los mamíferos entre ellos, pudieron evolucionar libremente y convertirse en los nuevos dominadores de los posibles nichos ecológicos. Fuimos el plan B para la vida.

Sin embargo, esta diversidad genética y/o de especie, no siempre vendrá mezclada unitariamente (en el caso del bosque, pie a pie) o por estratos. Se puede organizar por áreas uniformes donde se concentran las posibles variaciones. En el caso del bosque, serán diferentes rodales (bosques o bosquetes) compuestos por diferentes especies o variedades. Las diferentes características que ofrezca cada uno de estos grupos uniformes, generará internamente adaptaciones tanto en seres presentes (plantas, animales, hongos, virus o bacterias) como entre sus relaciones. Además, podrán estar intermediados por otros usos del terreno, con otro tipo de vegetación y otra posible correlación de seres interna. Esta correspondería a un tercer tipo de diversidad, la diversidad de espacios.

Su análisis requiere una mirada de escala amplia, a nivel de paisaje. Nos encontraremos así que la conectividad de las masas forestales vascas es muy grande.  Es decir, se prolonga un extenso macizo forestal, formado por pequeños rodales fuertemente interconectados. En cada uno de estos rodales, disponemos de conjuntos de organismos mayoritariamente comunes en edad o especies. Esto, a esa escala de paisaje, genera un mosaico de espacios muy diverso.

Mosaico

El presidente de nuestra Fundación, Jorge Askasibar, publicó un análisis donde abordó la composición de estos espacios, añadiendo  al cuadro elaborado previamente por los autores Falinski y Mortier, los datos relativos  a la CAPV:

Pais /Bosque denso Nº de géneros (1) Generos dominantes % de superficie arbolada
Rusia
    • zona boreal
    • zona templada

4

5

Picea (45), Pinus (30), Betula (20), otros (5)

Pinus (31), Belutla (30), Picea (17), otros (22)

Estados bálticos 4 Pinus (50), Betula (20), Picea (18), otros (22)
Polonia 4 Pinus (70), Picea (70), Quercus (5,5), otros (17,5)
Finlandia 3 Pinus (46), Picea (38), Betula y otros (16)
Suecia 3 Picea (47), Pinus (38), Betula,(10) otros (5)
Noruega 3 Picea (43), Pinus (32), Betula, otros (25)
Alemania 8 Pinus, Larix (35); Picea abies (36); otros (29)
Reino Unido 5 Picea, Pinus, Larix (70), Quercus y otros (30)
Francia 17 Quercus (41), Pinus (22), Fagus(10, otros (27)
España 14 Pinus (68), Quercus (12), Eucalyp. (6),otros (14)
Italia 12 Pin.,Pic. (33) Cast., Quer., Fag.(31), otros (36)
CAPV 6 Pinus, Abies, Larix (57), Quercus (23), Fagus (16), otros (4)
Alava 3 Pinus (26), Quercus (49), Fagus (25)
Bizkaia 8 Pinus (77), Eucaliptus (9), Quercus (7), Fagus (4), otros (3)
Gipuzkoa 9 Pinus (58) Abies, Larix (9), Quercus (11), Fagus (17), otros (5)
(1) nº de géneros que constituyen el 90% de la superficie arbolada.
Fuentes : EUROFOR, 1994; CEE-FAO/ONU, 1993; Vaichys et Kenstavicius, 1992. Inventario Forestal de la CAPV. 1996

Constatamos así que, el mosaico de bosques que compone el paisaje forestal vasco, está compuesto de una notoria diversidad de especies forestales distribuidos en plantaciones y/o regenerados de edades diferentes. Una diversidad de bosques, remarcable a nivel europeo, aunque poco considerado hasta el momento.

Observaremos que, algunas de las especies citadas anteriormente, son introducidas. La incorporación de una nueva especie, si resulta que muestra unas características biológicas más competitivas, puede repercutir negativamente en la distribución y desarrollo de las anteriormente presentes y de las comunidades que estas formaban. Cuando la nueva dominancia merma en cuantía alguno de los tipos de diversidades que hemos reseñado, esta repercusión negativa (desplaza o incluso extingue, los organismos presentes previamente en esos espacios) puede implicar la pérdida de biodiversidad. Por eso, a estas especies introducidas que originan estos fenómenos de merma y desplazamiento, se les denomina especies invasoras.

Tenemos un claro ejemplo en la recientemente introducida avispa asiática (Vespa velutina) introducida fortuitamente entre mercancías, hacia el año 2004, en el puerto marítimo de Burdeos. Para el año 2010 empezaron a colonizar el territorio guipuzcoano, y actualmente, están extendidas por gran parte del sur de Europa.  Estas avispas son voraces cazadoras de otros insectos, sobre todo las abejas. Por una parte, esto puede conllevar una pérdida de cierta biodiversidad, pero por otra, genera una afección importante en nuestra producción apícola y en la capacidad de polinización de muchos árboles.

Sin embargo, la introducción de una nueva especie, no siempre genera repercusiones negativas. No tiene por qué desplazar o mermar a las anteriores, sino que puede implicarse en una nueva coexistencia. Del mismo modo, las funciones biológicas que ofrezca la nueva especie en la nueva composición, puede no ser negativa. Es más, puede resultarnos hasta más útil social y económicamente.

Un claro ejemplo podría ser la falsa acacia (Robinia pseudoacacia) árbol originario de Norteamérica e introducida en el siglo XVII en Europa por su belleza ornamental. Actualmente, es una especie muy utilizada en repoblaciones forestales europeas, debido a su rápido crecimiento y excelente producción de una madera muy demandada por su alta durabilidad (resistencia natural frente a podredumbres). Además, también es muy apreciado en la producción apícola. Es una especie que originariamente forma masas mixtas, y que también aquí se ha convertido asiduo en la composición del bosque mixto atlántico.

Acacia

Por esto último, un nutrido grupo de científicos internacionales firmó y publico un escrito para criticar la exagerada tendencia actual de tildar como invasora a toda especie no originaria de la zona.

Nosotros, el ser humano, somos una especie más dentro de esta inmensidad de vida que supone la biodiversidad. Tan solo un elemento en ese ovillo de nodos y conexiones. Tirando de los flujos de unos con otros, todo ese conjunto de vida, nos proporciona alimento, materiales, medicamentos, ocio y bienestar. Nos posibilita limpiar el agua, polinizar los cultivos, purificar el agua, absorber ingentes cantidades de carbono, regular el clima, mantener la fertilidad de los suelos, proporcionarnos medicamentos y nos aportan muchos de los pilares fundamentales de nuestra industria. Por tanto, y a pesar de todos nuestros avances tecnológicos, dependemos todavía por completo del resto de la vida y de su integridad saludable y vibrante. Los recursos biológicos son los pilares que sustentan nuestras civilizaciones.

Perder la biodiversidad, incluso tan solo una parte, nos puede llegar a generar graves problemas de abastecimiento, de regulación, culturales o sanitarios. No nos conviene que esto suceda. Peligraría la civilización.

Sin embargo, la comunidad científica internacional, viene alertando en los últimos años de la gran pérdida que el planeta Tierra está sufriendo en términos de biodiversidad. Los mensajes lanzados en la presentación del último informe de la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES) auspiciado por la ONU, fueron categóricas: ven un declive en todas las regiones del mundo que, consideran, va reduciendo significativamente la capacidad de la naturaleza de contribuir al bienestar de las personas. Añaden que, esta alarmante tendencia, pone en peligro las economías, los medios de vida, la seguridad alimentaria y la calidad de vida de las personas de todo el mundo. Este grupo de científicos internacionales concluye solicitando actuar para detener y revertir el uso no sostenible que hacemos de la naturaleza, o pondremos en peligro no solo el futuro que queremos, sino también las vidas que vivimos actualmente. 

Concretamente, para la región de Europa y Asia Central, observan una importante tendencia en el aumento de la intensidad en la práctica tanto de la silvicultura como de la agricultura convencionales, lo que consideran lleva a una disminución de la biodiversidad.

La divulgación de esta alarma se cita de nuevo en el informe elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO por sus siglas en inglés: Food and Agriculture Organization) Los bosques, pastizales, manglares, praderas marinas, arrecifes de coral y los humedales en general (considerados todos ellos ecosistemas clave que prestan numerosos servicios esenciales para la alimentación y la agricultura y son el hábitat de innumerables especies) están disminuyendo rápidamente. Como principal causa de esta pérdida, con la de la biodiversidad asociada, citan la deforestación, los cambios de uso en de la tierra y la intensificación agrícola en Europa.

Estas afirmaciones, refuerzan una idea constatada en otroinforme elaborado a petición de la Comisión Europea, cuyo objetivo era analizar la valoración de la sociedad europea sobre los bosques, su importancia y estado de conservación. La mayor parte de la población piensa que la biodiversidad está disminuyendo alarmantemente en los bosques europeos. Lo mismo ocurre en la interpretación que hace la sociedad vasca de los bosques del País Vasco y su gestión (IKERFEL 2008).

A pesar de que las sucesivas evaluaciones de los recursos forestales europeos (y vascos) ofrecen una mejora en los datos estadísticos (incremento de la superficie de bosque, de la composición de especies, de volúmenes, etc.) tanto la comunidad científica (principalmente la del área de la conservación) como la sociedad en general, tienen una percepción negativa del estado del mismo.

La raíz de estas interpretaciones desfavorables sobre la biodiversidad europea, en gran parte, es la idealización de la naturaleza y del desconocimiento de su evolución histórica y de la intervención humana en ella. Se pretende comparar el posible estado de las áreas rurales actuales con un estado prístino idealizado, la que algunos suponen era, y liberándola de nuestra intervención, será.

Sin embargo, y al contrario de lo que mucha gente piensa, incluidos muchos de los científicos conservacionistas, la biodiversidad del planeta se ha formado por la evolución conjunta del ser humano con el resto del ovillo de nodos y conexiones. Hemos coevolucionado. Frente a extendidas ideas de ecosistemas prístinos, mantenidos en perpetuos equilibrios, alterados negativamente por la intervención humana, deberíamos más bien considerar ecosistemas creados y mantenidos por la intervención humana.

Esto no significa que la vida necesite de nosotros para que se desarrolle, sino que, para que se desarrolle de forma que la podamos aprovechar, necesita de nosotros.

En este sentido, todo el paisaje europeo, hasta el rincón más recóndito, es consecuencia de una (directa o indirecta) milenaria intervención humana. Todas las civilizaciones que se han desarrollado a lo largo de la historia en este continente, lo han necesitado hacer. Es más, todas las civilizaciones del resto del planeta también lo han hecho, incluidos los del frecuentemente idealizado nuevo mundo. Por tanto, tengámoslo claro: así como perder la biodiversidad nos perjudica, dejar de intervenir en ella mediante su gestión, también.

Esto, seguramente, lo vemos claro en el caso de la agricultura y ganadería. Nuestra especie, al menos en Europa, hace milenios que dejó de ser meramente recolectora y cazadora, para pasar a ser unos importantes gestores directos del medio natural y de sus recursos. Así, a lo largo de nuestra historia, hemos creado variedades y razas (diversidad genética) hemos fomentado y trasladado especies (diversidad de especies) y hemos labrado y organizado lo que hemos venido a denominar campo (diversidad de espacios). Sin hacerlo, no podríamos abastecernos de los necesarios alimentos, ni en cantidad, ni en el tiempo ni en el espacio. Tenemos claro que nuestra civilización depende de ello, de su continua y extensa gestión.

Bakio

Otra cosa, es la forma que tenemos de realizar estas actividades de gestión y consumo: producción quizá alejada de los que serán puntos de consumo; tal vez intensificadas para simplificar extensiones de producción, y generar así, consumos de menor precio; a menudo eliminando en su desarrollo cualquier opción de plan B para la vida porque no tiene implicaciones económicas directas; muchas veces beneficiando principalmente a los intermediarios del consumo y damnificando a los productores …

Esta clara percepción de necesidad de la gestión agrícola y ganadera, con sus más y sus menos, ha motivado la constitución de toda una estrategia comunitaria para tratar de establecer directrices comunes en su consecución y cuidado. “De la granja a la mesa” la ha denominado la Comisión Europea encargada de constituir y presentarla. Con ella, se pretende garantizar para la Unión Europea (UE) tanto el necesario suministro de alimentos como la correcta forma de conseguirlos.

Pero, aunque muchos no alcancen a verlo claro, con la gestión de los bosques ocurre otro tanto de lo mismo. Posiblemente, llevamos gestionando los bosques para obtener de ellos materia, energía y alimentos desde antes de que comenzara la agricultura (algunos historiadores invitan a hablar de una edad de madera, anterior a la de piedra). Con ella, también hemos generado variedades genéticas diversas de árboles y arbustos, fomentado y trasladado especies y organizado la presencia, forma y distribución de nuestros bosques.

Sin embargo, el apartado de los bosques y su gestión, no tienen (de momento) su propio plan de estrategia concebida para la UE. Todo lo previsto actualmente para ellos se incorpora en una estrategia más amplia, la relativa a la biodiversidad (con miras al horizonte 2030). A todas luces, en ella, los bosques no son concebidos sino como meros emplazamientos donde cesar nuestra gestión, o en el mejor de los casos, donde aminorarla.

Los promotores de esta estrategia, no satisfechos con el nivel de conservación de la biodiversidad actual en la UE (en cuanto a que se aleja del estado prístino imaginado) proponen incrementar la superficie de áreas naturales protegidas, al menos, hasta proteger bajo su declaración el 30% de la superficie terrestre de la UE (4% más que ahora). Además, al menos el 10% de estas áreas de protección (las que mayor potencial en materia de biodiversidad muestren) pretenden que sean de protección estricta (sin gestión alguna). Dentro de estos últimos deben, según ellos, resguardarse todos los bosques primarios y maduros todavía presentes. Pero no solo los de la UE, también todas las del resto del mundo.

La Evaluación de los recursos forestales mundiales (FRA por sus siglas en inglés: Forest Resources Assessment) define el bosque primario como un bosque regenerado de forma natural, compuesto por especies autóctonas y en el cual no existen indicios evidentes de actividades humanas y donde los procesos ecológicos no han sido alterados de manera significativa. Aclaran que debe contener un área suficientemente grande como para preservar sus procesos ecológicos naturales, y cabe destacar que, sabedores de la dificultad de encontrar en todo el mundo un bosque prístino, la definición admite la gestión de los pueblos indígenas en ella. Deberíamos darnos cuenta que tan solo en algunos recónditos bosques del Este de Europa, podrá haber algo que se puede asemejar a dicha descripción. No en el resto. En el resto de la UE habrá bosques fuerte e intensamente gestionados, que como mucho, contendrán pequeñas superficies menos intervenidas o cuya última intervención data de hace cierto tiempo. Algo común en todas las superficies pobladas con especies autóctonas y declaradas como área de protección en la CAPV.

En estas pretensiones, se enmascara la creencia de que la no gestión propiciará la mejora de la biodiversidad. Cuando realmente, lo que está provocando suele ser lo contrario. En todo un continente históricamente tan gestionado, la no gestión significa realmente nuestro abandono. Este abandono, cuando se trata de cultivos agrícolas o pastos ganaderos, propicia primero la colonización de arbustos y la expansión del bosque después (uniformización del paisaje). Este nuevo paisaje forestal uniforme y cada vez más cargado de biomasa (conjunto de sustancias orgánicas de los seres vivos) debemos situarlo actualmente en medio de un cambio climático que genera condiciones acusadas de sequía. El resultado es que las superficies rurales abandonadas (ya sean campos o bosques) lejos de evolucionar hacia un bosque prístino y equilibrado, están siendo afectadas por fuertes problemas de estrés hídrico y de incendios forestales. Evidentemente, ambas perjudican a la biodiversidad.

En el resto de áreas protegidas, no conformes con el estado de conservación que muestran (pese a haber sido elegidos y declarados por ello) proponen reducir la presión que se ejerce sobre estos hábitats y especies (aminorar la gestión). Lo denominan restauración de la naturaleza, aunque después de cientos o miles de años de ese tipo de gestión, supondrá más bien modificarla (sin que, como hemos visto anteriormente, necesariamente deba ser a bien).

En cuanto a la gestión concreta del bosque, en esta estrategia se quiere hacer especial hincapié al incremento de la forestación en zonas urbanas, de la agroforestería (empleo de árboles en procesos productivos agrícolas y ganaderos) en el mundo rural y de lo que se denomina selvicultura próxima a la naturaleza en el mundo forestal.

El debate sobre la idoneidad (o no) de la selvicultura próxima a la naturaleza, viene dándose en la ciencia forestal europea desde antaño (es originaria de ella). Como se fundamenta principalmente en el mantenimiento de una cubierta arbórea continua de donde extraer recurrentemente gruesos árboles adultos conformados de una forma determinada, su desarrollo se ve limitada por la necesidad de poder cumplir dos factores importantes: 1) gran extensión de bosque para paliar la baja cuantía de extracciones 2) un mercado que aprecie (no solo valore) justamente tanto los posibles beneficios de esa cubierta continua como de esos gruesos árboles adultos correctamente conformados.

Tanto las distribuciones de la propiedad forestal como las tendencias sociales de gran parte de la UE, se alejan de esas dos exigencias comentadas. Por ejemplo, en la CAPV, la propiedad forestal proviene, en gran parte, de antiguos campos de cultivo de zonas de montaña, que se amoldaban a ella con una composición de pequeños y muy fragmentados cultivos. Por ello, actualmente constituyen propiedades forestales también pequeñas y fragmentadas (generando el diverso paisaje en mosaico antes comentado, pero poco útil para aplicar dicha selvicultura). Por otra parte, la sociedad vasca actual no aprecia (poner precio o tasa a las cosas vendibles) nada relativo al paisaje (donde podría influir la cubierta continua) ni a los árboles gruesos bien conformados. La sociedad ha dejado de consumir productos clásicos asociados a la transformación de este tipo de madera (mobiliario y construcción realizados con madera maciza) y las nuevas tecnologías se destinan a empleos de maderas con grosores menores (tableros encolados, derivados lignocelulósicos, empleo de otras substancias extractivas, biomasa para generación de energía …) con exigencias más laxas de formación en su gestión. En consecuencia, la sociedad, y el mercado económico que esta genera, no acompaña a la aplicación de dicha selvicultura.

En cuanto al uso de la madera extraída del bosque para generar energía, la estrategia muestra un gran recelo hacia los posibles aprovechamientos destinados a tal fin. Históricamente, la superficie forestal de la UE ha estado llena de diversas masas de quercineas (robles, encinas, quejigos, rebollos …) destinadas durante milenios a la obtención de leñas. Para muchas de ellas, sigue siendo la única salida comercial posible de su madera, independientemente de la selvicultura que se les aplique. Son frecuentes también en los países escandinavos, plantaciones de salicáceas (sauces) destinadas a tal fin. En el resto de la UE, a medida que se ha extendido el uso renovado de la bioenergía, se ha realizado gracias a plantaciones tanto de pinos como de eucaliptos. En todos ellos, todo el árbol extraído se destina para su transformación energética. Sin embargo, los autores de la estrategia quieren reducir al mínimo tanto lo uno (plantaciones para energía) como lo otro (utilizar todo el árbol para energía).

Esto tiene mucho que ver con el principio del uso en cascadade la biomasa generada en el bosque. Implica que la biomasa se utilice primero como material, que luego se recicle como tal en otras funciones menores posibles, y finalmente, al final de la vida del producto, que la energía que contenga sea aprovechada mediante su combustión. De esta forma, se prolonga el secuestro de carbono ejercido por el árbol y se reduce la cantidad de materia y energía necesarias a producir para satisfacer nuestra demanda social.

Sin embargo, implantar este principio correctamente requiere de una sociedad que de un aprecio justo a los primeros usos materiales de la madera, lo cual, al igual que en el caso de la selvicultura próxima a la naturaleza y como se lo recordaba en un manifiesto a la Comisión Europea un colectivo de representantes tanto del sector productivo forestal como de la industria transformadora de la UE, no sucede actualmente en la nuestra (ni esta estrategia lo trabaja).

Procesos globales influenciados por la actividad humana, como son el cambio climático y la globalización económica mundial, están generando graves problemas fitosanitarios en los bosques (plagas y enfermedades). La no gestión, difícilmente será una forma de hacer frente a la expansión y recrudecimiento de estos problemas. Al contrario, nos vemos necesitados de intervenir con nuestra gestión tanto para dotar a los bosques de unas mejores condiciones de desarrollo (prevención) como para ayudar a combatir su dolencia (curación). Sin embargo, la estrategia contempla reducir la posibilidad de uso de productos químicos, tanto en fertilización (20%) como en tratamientos fitosanitarios (50%). Este problema lo estamos padeciendo ya en la CAPV, con unas plantaciones de pino radiata gravemente afectadas por enfermedades fúngicas (bandas roja y marrón) que dificultan el correcto desarrollo de las mismas.

Banda

Esta epidemia, se puede tratar con diferentes productos químicos, tanto fertilizantes que mejoren el vigor de las plantas como tratamientos fitosanitarios que contengan el desarrollo de la afección. Empleando el debido producto, en su justa dosis y bajo la forma de tratamiento adecuado, esto se puede ejecutar sin que necesariamente implique una contaminación del medio y una pérdida de la biodiversidad. Las numerosas experiencias reconocidas fuera de la UE y las experimentaciones realizadas in situ, así lo demuestran. Debemos considerar que, sin el uso de este tipo de tratamientos fitosanitarios, la pérdida de estas masas forestales y la gestión asociada a ellas, tendría unas consecuencias mucho más graves.

Otra opción para enfrentarnos a las afecciones de estos procesos globales de la actividad humana, es la sustitución de las actuales especies (o sus variedades) por otras que puedan soportar las nuevas condiciones. Realmente, se trata de intervenir en un proceso natural, dado que el desplazamiento de las comunidades de seres vivos hacia zonas de menor impacto y sustitución de estas por otras comunidades menos vulnerables, suele ocurrir recurrentemente en la dinámica natural. Esta opción está siendo abordada, así como en la CAPV, en varios países de la UE. Claro, esto choca frontalmente con la percepción de especies invasoras que se muestra entre ciertos miembros de la ciencia y con la férrea defensa que pretende implantar la estrategia en base a ella.

La presentación de esta estrategia, se realiza en medio de la pandemia originada por el COVID-19. En medio de una sensibilización especial de la sociedad, por no decir miedo, donde tendemos a aceptar recortes y mermas socieconómicas para poder así hacer frente colectivamente a males temibles. Y bien que se ha aprovechado esto. A pesar de que todavía la comunidad científica no ha podido confirmar el origen y las causas de esta pandemia, en la justificación de la estrategia se deja abierta la puerta para que podamos llegar a pensar que es debido a la deforestación que sufrimos y a la mala gestión que realizamos en nuestros entornos rurales europeos.

Si bien es cierto que muchos investigadores del ámbito de la ciencia medioambiental asocian la posible relación entre deforestación y la consecuente perturbación de los organismos vivientes en ella con la posible generación de algunas de las últimas epidemias víricas surgidas en el planeta, ninguna de estas deforestaciones ha ocurrido en el continente europeo. Si acaso, esas deforestaciones generadas en otras partes del planeta, han podido estar relacionadas con la conducta social y económica que hemos mantenido en nuestra UE.

Realmente, lo que en los bosques de la UE estamos padeciendo son epidemias y cuarentenas asociadas, al menos en parte, al incremento del bosque y su fauna salvaje asociada. Como ejemplo tenemos la epidemia de la peste porcina africana entre los extendidos jabalíes (con temor a que pase a los cerdos) o la enfermedad de Lyme transmitida por una bacteria asociada a las garrapatas que habitan con los numerosos animales del bosque.

Queda claro con todos estos apuntes sobre el análisis de la biodiversidad en los bosques y la estrategia para la UE de la biodiversidad cara al 2030 que, en el proceso de constitución de las mismas, se han dejado de lado una gran parte de la ciencia forestal, de posibles representantes de los gestores forestales y de la industria de la transformación de la madera en la UE. El texto en concreto, muestra una visión muy sesgada tanto de la evaluación del estado actual como de las opciones elegidas para su pretendida mejora. Falta la necesaria opinión e intervención de los gestores y usuarios de esa diversidad del bosque, quienes pueden (y deben) reconducir esta estrategia por una senda más cauta y plausible.

Se centra mucho el texto en frenar la intervención productiva humana, la gestión. Pero no alude ni interpela a la corrección del consumo, los hábitos de conducta sociales que, realmente, determina tanto la gestión que ejercemos como el consecuente impacto a la biodiversidad que ello provoca. Enmarcada la estrategia dentro del Pacto Verde que pretende reorganizar el futuro desarrollo social y económico de la UE de una forma más sostenible, es en ese acto social, en el uso de servicios y consumo de productos donde las estrategias comunitarias deben hacer mella.

Esta conducta social de la UE es responsable del 39% de la deforestación importada mundial (deforestación inducida directa o indirectamente, en el extranjero, por la producción de materias primas o transformadas importadas). Implica la conversión de los bosques del resto del planeta en beneficio de la agricultura y la ganadería, desarrollo de los biocarburantes, explotaciones mineras y grandes proyectos de infraestructuras (energía, urbanización, turismo...). Transformar este uso de servicios y consumo de productos exteriores en locales, es contradictorio con pretender aminorar la gestión del bosque local, y mucho más con pretender impedirla. Urge modificar el punto de mira de la estrategia (gestión) e intervenir en nuestros hábitos de consumo (sociedad). Debemos tender socialmente en la UE a abastecernos de la producción local.

Si somos capaces de desarrollar e implementar eficaces políticas de consumo local a precios justos, activaremos una gestión más considerada en el medio forestal con los aspectos de la biodiversidad. Abriríamos así la puerta para que lo pudieran desarrollar mediante mecanismos con acuerdos voluntarios, socialmente mucho más agradecidos que tener que asumir por imposición restricciones o prohibiciones.

En esta pretendida estrategia, aunque inmersa dentro de la economía circular (por lo que se deberá reducir la cuantía consumida y fortalecer la reutilizada) ante esta relocalización, en una región tan poblada como es la UE, los niveles necesarios de abastecimiento y servicios serán todavía tan altos que, no dará lugar, seguramente, a incrementar la superficie carente de gestión (protección estricta).

Hemos de reconocer aun así que, conseguir mantener y desarrollar masas forestales maduras, por su especial contribución que realizarán en el aporte de biodiversidad (aunque no tanto en la mitigación del cambio climático) debe ser un objetivo a contemplar. Sin embargo, primero, conviene establecer unas políticas de cambio social antes comentadas, que consideramos propiciarán la adopción voluntaria de selviculturas menos intensas, dirigidas a conseguir árboles gruesos y cubiertas continuas que, supondrán un paso adelante para poder plantearlo más adelante.

Los responsables del proceso de constitución de esta estrategia, quienes anuncian pretender establecer para el 2021 una estrategia propia de los bosques de la UE, deberían antes acercarse más a las proclamas que la sociedad gestora comunica, activar políticas y mecanismos de impulso y propiciar nuevas formas de responsabilizar e implicarse para la sociedad con respecto de los bosques. Debemos traspasar la responsabilidad de velar por la biodiversidad de tan solo la parte social gestora, a la total usuaria y consumidora. Si perder la biodiversidad hace peligrar la civilización, es precisamente toda ella la que debe implicarse para protegerla.

Aitor Onaindia Bereziartua

Vicepresidente de Basoa Fundazioa

28/05/2020

REFERENCIAS:

  • Gil L. 2020. Biodiversidad forestal intraespecífica. Montes 139:18-20.

  • IKERFEL. 2008. Estudio sobre la percepción e imagen del monte y el bosque en la sociedad vasca. PEFC-Euskadi.

  • Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. 2014. Diagnóstico del sector forestal español. Análisis y Prospectiva – Serie Agrinfo/Medioambiente no 8.

  • Steege H., Pitman N., Sabatier D., Baraloto C, Salomão R., Guevara J.E., Phillips O., Castilho C., Magnusson W., Molino J. F., Monteagudo A., Núñez P., Montero J.C., Feldpausch T., Honorio E., Killeen T., Mostacedo B., Vasquez R., Assis R., Terborgh J., Wittmann F., Andrade A., Laurance W., Laurance S., Marimon B., Marimon B., Guimarães I. C., Amaral L., Brienen R., Castellanos H., Cárdenas D., Duivenvoorden J., Mogollón H., De Almeida F. D., Dávila N., García-Villacorta R., Stevenson P. R., Costa F., Emilio T., Levis C., Schietti J., Souza P., Alonso A., Dallmeier F., Duque A., Fernandez M. T., Araujo-Murakami A., Arroyo L., Gribel R., Fine P., Peres C., Toledo M., Aymard G., Baker T., Cerón C., Engel J., Henkel T., Maas P., Petronelli P., Stropp J., Zartman C. E., Daly D., Neill D., Silveira M., Ríos M., Chave J., De Andrade D., Jørgensen P. M., Fuentes A., Schöngart J., Cornejo F., Di Fiore A., Jimenez E. M., Peñuela M. C., Phillips J. F., Rivas G., Van Andel T. R., Von Hildebrand P., Hoffman B., Zent E. L., Malhi Y., Prieto A., Rudas A., Ruschell A. R., Silva N., Vos V., Zent S., Oliveira A., Cano A., Gonzales T., Trindade M., Ramirez-Angulo H., Sierra R., Tirado M., Umaña M. N., Van der Heijden G., Vela C., Vilanova E., Vriesendorp C., Wang O., Young K., Baider C., Balslev H., Ferreira C., Mesones I., Torres-Lezama A., Urrego L. E.; Zagt R., Alexiades M. N., Hernandez L., Huamantupa-Chuquimaco I., Milliken W., Palacios W., Pauletto D., Valderrama E., Valenzuela L., Dexter K., Feeley K., Lopez-Gonzalez G. y Silman M. 2013. Hyperdominance in the Amazonian Tree Flora. Science, 342: 1243092.

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